Entrevistamos a Manuel Murga Peinado, responsable de desarrollo de negocio de BioWorks España , y a Antonio Jiménez Lepe, Director Comercial de DAGRISUR, para analizar en qué punto está el uso de biosoluciones en nuestro país, por qué su penetración por hectárea sigue siendo baja pese al peso de la producción ecológica y cómo la reducción de materias activas está empujando a la agricultura convencional a buscar nuevas alternativas.

¿Cuál es la situación de las biosoluciones en España?
Creemos que en España estamos en un escenario un poco paradójico. Por un lado, existe una superficie importante de producción orgánica o biológica, donde estas herramientas encajan de forma natural. Pero, aun así, el ratio de uso de biosoluciones por hectárea sigue siendo bajo si lo comparamos con países como Brasil, donde llevan más recorrido y el uso está mucho más interiorizado.
Pensamos que esto tiene que ir cambiando a medida que entren más productos con registro y autorizaciones claras, porque el agricultor necesita certezas. No solo busca que una solución sea “bio”, sino que sea eficaz en condiciones reales, que sea consistente y que no le genere incertidumbre en el manejo. Además, la adopción también depende de que el coste por hectárea sea razonable. Para que el agricultor dé el paso, las soluciones tienen que ser competitivas y no suponer un incremento de costes difícil de sostener campaña tras campaña.
Aun con todo, sí notamos receptividad. El agricultor quiere herramientas que le resuelvan problemas. Y si esas herramientas, además, le ayudan a encajar mejor con las exigencias actuales de producción, de mercado o de residuos, mejor todavía. La clave está en trasladar con claridad qué productos existen hoy, para qué sirven y cómo se usan, porque muchas veces el freno no es solo económico: también es de conocimiento y de confianza en el resultado.
Se suele asociar el uso de biosoluciones a la producción ecológica. ¿Son exclusivas de ese tipo de explotaciones?
No las vemos como algo exclusivo de la agricultura ecológica. Es cierto que en ecológico estas herramientas están más presentes porque los protocolos y las normas del propio sistema empujan a ello, y porque hay menos alternativas disponibles. Pero, si miramos el futuro, donde vemos el verdadero recorrido es en la agricultura convencional.
Creemos que estamos en un punto de inflexión. Cada vez hay menos materias activas disponibles y menos soluciones químicas tradicionales para determinadas situaciones. Eso obliga a replantear el manejo. Y cuando faltan herramientas, el agricultor se ve empujado a explorar alternativas, a incorporar nuevas estrategias y a asumir nuevos retos. Ahí es donde las biosoluciones cobran sentido: no como una moda, sino como una respuesta práctica a un contexto que está cambiando.
¿Para qué cultivos son más interesantes estas soluciones en España?
Vemos que el interés se está ampliando. Durante mucho tiempo parecía un terreno casi reservado para cultivos protegidos o para frutas y hortalizas de alto valor añadido, y también para la producción orgánica. Era lógico: en esos sistemas, el margen económico y el nivel de tecnificación facilitaban probar e incorporar herramientas nuevas.
Pero cada vez vemos más demanda en cultivos extensivos. Y ahí pensamos especialmente en el olivar y en la viña, que son cultivos al aire libre con enorme peso en superficie en España. En estos sistemas, cuando empiezan a escasear soluciones tradicionales o cuando el agricultor busca herramientas que le encajen con un manejo más sostenible, la puerta a lo bio se abre con mucha más fuerza.
En convencional se habla de productos complementarios. ¿Se tenderá a una sustitución total de lo químico?
No creemos que la pregunta sea si lo bio va a “sustituir” por completo a lo químico, porque eso lo marcarán el tiempo y la evolución del marco regulatorio, de los registros y de la disponibilidad real de materias activas. Lo que sí vemos es un escenario de convivencia.
Nuestra idea no es competir “contra” el sector químico. Pensamos más en sumar y en dar opciones. Al agricultor le interesa poder elegir y adaptar el manejo a cada campaña, a cada problema y a cada condición concreta. Y en esa decisión ya no pesa solo la eficacia puntual. También pesan cuestiones como residuos, sanidad del suelo y otros factores que hoy cada vez tienen más importancia en campo y en la comercialización. En ese contexto, las biosoluciones aportan una alternativa que encaja con más variables de decisión que las que se manejaban hace unos años.






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