Mientras las calles de Madrid aún resuenan con el eco de los más de 350 tractores que han colapsado la capital para exigir precios justos y frenar el acuerdo comercial con Mercosur, los pabellones de IFEMA ofrecen un reflejo de esta misma tensión. En la 45ª edición de ARCOmadrid, la tierra y lo orgánico actúan como un refugio palpable. Al pasear entre las galerías, resulta fascinante observar cómo las obras dejan caer, casi sin buscarlo, reflexiones que dialogan con el malestar del sector primario.

Kubra Khademi
Pan, trabajo, libertad Kubra Khademi
El epicentro de esta conversación fortuita es «Pan, trabajo, libertad», una serie de pinturas de la artista afgana Kubra Khademi en la que muestra a mujeres desnudas que recuerdan a populares mandatarias mundiales como Ursula von der Leyen, Angela Merkel, Hillary Clinton, Kamala Harris. Los cuadro muestran a estas mujeres en diferentes escenas como protagonizando una orgía, observando el Arca de Noé y en una reinterpretación del famoso cuadro La Libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix.
Aunque la intención original de Khademi es denunciar el silencio internacional ante la vulneración de las mujeres en Afganistán, el propio título apela al «pan» como sustento fundamental. De manera involuntaria, la presencia de la presidenta de la Comisión Europea se cruza de lleno con la urgencia en las calles: Von der Leyen es hoy el blanco de la indignación por activar provisionalmente el tratado con Mercosur, una decisión calificada de «traición institucional al campo europeo».
Esta inmersión en lo físico encuentra un eco histórico en las «Siluetas» de Ana Mendieta. A través de sus obras, la artista dejaba la huella de su cuerpo fundida directamente en el paisaje natural. Si bien Mendieta buscaba hablar sobre la violencia, la migración y la identidad, su trabajo se puede leer hoy como un manifiesto visual de la profunda conexión entre el cuerpo femenino y la tierra. Precisamente en un día como ayer, en el marco del 8 de marzo, esta imagen cobra una fuerza especial si miramos hacia el mundo rural, uniendo el arte con la reivindicación de que históricamente las mujeres han sido las custodias de la vida y de las semillas.
«Barril de derechos» Eugenio Merino

Pero el sector no solo lidia con la naturaleza, sino con las implacables leyes del mercado y la geopolítica. La extrema mercantilización se percibe en piezas como el «Barril de derechos» de Eugenio Merino, un bidón de petróleo que guarda en su interior los Derechos Humanos. El artista ha creado esta obra hace apenas unos días, justo tras el estallido de la guerra en Irán. Aunque en origen Merino busca criticar cómo todo puede ser corrompido y vendido, si lo miramos a través de los ojos del campo, el mensaje es demoledor: este barril encarna la brutal subida del gasoil y de los costes energéticos derivados de los conflictos bélicos, un encarecimiento que ahoga a diario el motor de los tractores y la viabilidad de las explotaciones.
A escasos metros, esta idea se expande con Alessandro Balteo-Yazbeck, quien expone otro barril de crudo que se vende exactamente al precio de cotización del mercado del día. En medio de un contexto donde los agricultores protestan contra la asfixia económica, estas obras podrían interpretarse fácilmente como el retrato de cómo los recursos básicos y la especulación global ahogan a los productores primarios.
Incluso la propia arquitectura efímera de la feria abraza el duelo del entorno rural. El Guest Lounge de ARCO, diseñado por Manuel Bouzas y Salazar Sequero Medina, es un monumental espacio titulado «350.000 hectáreas». Aunque sus creadores lo concibieron bajo la idea estética de un «minimalismo gigantesco», la instalación rinde homenaje al utilizar exclusivamente la madera, las cortezas y los aglomerados reaprovechados de los árboles calcinados en los devastadores incendios forestales de Asturias y Galicia. Es una obra que, de forma casi silenciosa pero ineludible, introduce físicamente la devastación del paisaje y la pérdida de la riqueza forestal en pleno corazón comercial de la feria.







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