Hiroki Tomiyasu se crió en los suburbios de Tokio, aprobó unas oposiciones y pasó sus primeros años de vida adulta detrás de un escritorio. Nada en su trayectoria apuntaba a que acabaría conduciendo tractores en Hokkaido, la región más septentrional y fría de Japón, gestionando en solitario una explotación de 100 hectáreas de brócoli, calabazas y soja. Tampoco apuntaba a que, sin haber escrito una sola línea de código en su vida, terminaría programando sus propias herramientas de automatización agrícola porque las del mercado le resultaban demasiado caras.

Eso es exactamente lo que ha hecho.
De los arrozales de Okayama a Hokkaido
El salto de Tomiyasu a la agricultura no fue una decisión repentina. En sus años veinte, amigos vinculados a la cultura arrocera japonesa empezaron a llevarlo a comunidades rurales del interior del país. Japón lleva décadas perdiendo agricultores: el envejecimiento del sector, el abandono de tierras y la falta de relevo generacional han dejado miles de hectáreas sin cultivar, especialmente en zonas de montaña y arrozales en terrazas. Tomiyasu se unió a un grupo que intentaba revertir esa tendencia restaurando bancales abandonados en la prefectura de Okayama.
De ahí surgió algo más ambicioso. El grupo decidió crear su propia explotación colectiva y escalarla. Se trasladaron a Hokkaido, aprendieron sobre el terreno y temporada tras temporada Tomiyasu fue haciéndose con el oficio: los tractores, los ciclos de cultivo, la logística de una operación grande. Hoy, con cinco años de experiencia en agricultura a gran escala, dirige una explotación que supera las 100 ha.
El coste de automatizar sin recursos
El problema llegó cuando quiso tecnificar la explotación. A esa escala, la gestión manual de invernaderos, el seguimiento de parcelas o la coordinación de equipos de trabajo se vuelven inviables sin algún nivel de automatización. Pero la automatización agrícola convencional tiene un precio: maquinaria propietaria, contratos con empresas tecnológicas, ingenieros especializados. Recursos que están al alcance de las grandes cooperativas o de las explotaciones industriales, no de un agricultor de primera generación que aprendió el oficio por su cuenta.
Tomiyasu optó por una vía distinta. Sin formación en programación, empezó a experimentar con herramientas de inteligencia artificial para construir él mismo lo que necesitaba. Lo que comenzó como experimentos nocturnos se convirtió en un conjunto de soluciones operativas que hoy forman parte del día a día de su explotación.
Lo que ha construido parcela a parcela
Las aplicaciones que ha desarrollado responden todas a necesidades concretas. Para el control de temperatura en sus invernaderos de plástico construyó un sistema que automatiza la apertura y el cierre de las ventanas de ventilación: un microcontrolador de bajo coste conectado a un motor, que recibe órdenes desde el móvil. Cuando Tomiyasu envía un comando desde el campo, el sistema ejecuta la operación sin que nadie tenga que desplazarse al invernadero.
Para el seguimiento de sus parcelas desarrolló una plataforma que descarga regularmente datos satelitales e índices de vegetación, superponiéndolos sobre los mapas reales de sus campos. Lo que antes habría requerido contratar un servicio externo de teledetección es ahora una herramienta propia que consulta desde su móvil.
También ha resuelto con inteligencia artificial algo tan cotidiano como el diagnóstico de problemas en el cultivo. Cuando detecta una anomalía —manchas en el brócoli recién cosechado, por ejemplo— fotografía el síntoma y lo consulta en el momento. La respuesta le permite distinguir entre un problema menor y una enfermedad que exige actuar de inmediato, sin esperar a que llegue un técnico.
El desarrollo más complejo es una plataforma de gestión integrada que conecta los calendarios de trabajo, los registros diarios, el consumo de materiales y los datos de los sensores de campo. Información que antes vivía dispersa en distintos soportes queda centralizada en una herramienta que él controla y puede modificar sin depender de ningún proveedor externo.
Lo que su caso dice del sector
Más allá de la historia personal, el caso de Tomiyasu cuestiona un supuesto que hasta ahora parecía sólido: que la tecnificación avanzada de una explotación requiere necesariamente empresas tecnológicas, presupuestos elevados y conocimiento especializado externo. Si un agricultor sin formación técnica puede construir herramientas funcionales de automatización, monitorización y gestión, el modelo tradicional del software agrícola propietario empieza a tener competencia donde menos se esperaba: en las noches libres de un agricultor con un ordenador.
Tomiyasu documenta todo el proceso en abierto en la plataforma japonesa Note, donde publica sus experimentos paso a paso para que otros puedan seguirlos o replicarlos.







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