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Los productores cerealistas pasan otro año más en números rojos 

Cedric Benoist, presidente del Grupo de Trabajo «Cereales» del Copa-Cogeca. Stephan Arens, presidente del Grupo de Trabajo «Oleaginosas y proteaginosas» del Copa Cogeca.

01/10/2024

Otro año más en el que los agricultores europeos han de hacer frente a una cosecha exigua.  Las de 2022 y 2023 ya fueron de las peores en los últimos diez años, puesto que la  producción de cereales cayó a mínimos históricos. Al parecer este 2024 será incluso peor,  desafortunadamente, ya que se espera que el resultado sea hasta un 9 % menor que la  media del decenio. La realidad es que, desde el año 2000, el rendimiento de los cereales y  las oleaginosas de la UE está congelado. Cuando sí hubo un aumento de la producción de  las oleaginosas fue consecuencia de una expansión de la superficie y no por la mejora del  rendimiento per se. Que las épocas de crisis se vuelvan una tendencia es una señal de que  hay problemas estructurales a los que ya no podemos hacerle la vista gorda. 

El estancamiento del rendimiento e incluso el descenso de la producción pueden deberse  a un gran abanico de factores relacionados entre sí, además de al indudable protagonismo  del cambio climático. Con el paso del tiempo los fenómenos climáticos extremos cada vez  son más comunes, lo que termina causando grandes pérdidas, ya sea a causa de las  sequías, como en España en 2023 donde se perdió el 40% de la producción, o bien a causa  de las intensas lluvias e inundaciones, como con la recientemente la tormenta Boris. 

Los cambios en los fenómenos climáticos también contribuyen a la presión que ejercen las  enfermedades y las plagas. Ya observamos algunas plagas nuevas que han logrado  adaptarse a climas más templados, pero también vemos un aumento de la prevalencia de  las que ya conocemos. En ese mismo sentido, el exceso de agua en algunas regiones ha  causado algunos brotes a niveles nunca vistos. A su vez, cada vez hay menos herramientas  que los agricultores puedan usar para combatir todas estas plagas y enfermedades. En  2001 había unas 900 sustancias activas en la UE; hoy en día disponemos de menos de 470.

La realidad es que se están aprobando algunas alternativas, tales como los métodos de  control biológico, pero con una lentitud inaceptable. De media, cada año los agricultores  europeos dejan de poder usar unas dieciséis sustancias activas convencionales y solo se  aprueban unas seis alternativas, la mayoría de las cuales no se pueden utilizar a campo  abierto y cuya eficacia no es comparable. En cuanto a la lucha contra la sequía, se incide  en el desarrollo de nuevas variedades de cultivos que se adapten a las condiciones climáticas extremas. Sin embargo, incluso este ámbito está estancado. Sin nuevas  herramientas, tales como las nuevas técnicas genómicas que todavía no están aprobadas  en la UE, no será fácil avanzar con la rapidez necesaria para que los Estados miembro más afectados puedan seguir produciendo. En un contexto así, es una pena que el informe  Draghi no haya incluido este aspecto tan crucial para nuestra competitividad. 

Otro elemento que afecta duramente a la producción comunitaria de cereales y  oleaginosas es la ingente presión de las malas hierbas que hemos presenciado estos  últimos años. Si bien todavía no disponemos de datos suficientes para conocer el alcance  de ese aumento, es evidente que a los agricultores cada vez les resulta más difícil controlar  las malas hierbas. Tal y como ocurre con las plagas y las enfermedades, las buenas prácticas  agrícolas pueden reducir en gran medida la presión de las malas hierbas, pero solamente  si van de la mano con productos fitosanitarios (ya sean convencionales, biológicos o de otro  tipo). De nuevo el problema es que cada vez hay menos sustancias disponibles y eso lleva  al aumento de la resistencia. Cabe recalcar que no controlar las malas hierbas desembocará  inevitablemente en un incremento de los riesgos para la salud, como por ejemplo la  aparición de los alcaloides del cornezuelo. 

Sin duda alguna, la caída de la productividad y de la calidad conllevará la pérdida de  beneficios y una menor seguridad en el suministro de de alimentos, pienso y materias  primas para los combustibles producidos en la UE Además de esta pérdida de la  productividad, desafortunadamente, los agricultores han tenido que hacer frente a un  doble castigo en estos últimos tres años. Por una parte, desde el COVID-19 los costes de  producción se han disparado, sobre todo los de los fertilizantes. Este fenómeno se acentuó  con el estallido de la guerra en Ucrania, por el cual los precios de los fertilizantes  aumentaron de forma exorbitante: en el caso de la urea, por ejemplo, pasó de 200 € antes  de la guerra a 1 000 € en su punto más alto, y ahora se encuentra en unos 400 €.  Dependiendo de la región, los fertilizantes suponen entre el 30 % y el 50 % del coste de la  producción de oleaginosas y cereales. 

El segundo problema surge de la liberalización del comercio con Ucrania para contribuir  en la guerra, lo que ha acabado inundando el mercado comunitario de cereales y  proteaginosas ucranianas a precios irrisorios. Las importaciones de cereal de Ucrania  pasaron de 9 a más de 18 millones de toneladas por año, lo que equivale al 7 % de la  producción comunitaria. Por otra parte, las de las oleaginosas pasaron de 5,5 millones de  toneladas a 8 millones de toneladas, es decir, aproximadamente el 25 % de la producción  comunitaria. A su vez, la UE no redujo las importaciones de terceros países, mientras que  la producción y el consumo se mantuvieron al mismo nivel. Todo ello derivó en un exceso  de oferta en el mercado comunitario, lo que hizo que, a su vez, cayeran los precios a niveles  insostenibles.  

Ahora más que nunca, es hora de que la UE actúe para restaurar la ambición de sus  sectores de los cereales y las oleaginosas, tanto a corto como a largo plazo. Hemos de  mantener nuestro apoyo a Ucrania, pero hemos de abordarlo de manera equilibrada. La  revisión que se está llevando a cabo del Acuerdo de Asociación con Ucrania ha de incluir  salvaguardias para limitar las importaciones y garantizar la igualdad de condiciones en  cuanto a las normas de producción. También se ha de establecer un entorno competitivo  en el sector de los fertilizantes para que los agricultores comunitarios tengan acceso a ellos pero a un precio comparable al que tienen sus homólogos a nivel mundial. Finalmente, en  cuanto a ofrecerle a los agricultores las herramientas necesarias para seguirle el ritmo al  cambio climático, la UE ha de abordar dicho asunto con mucho más apremio. Hay muchas  otras alternativas por ver, pero encontrar una solución exige ingentes inversiones, un  enfoque pragmático y realista y una gran voluntad política. 

El lunes por la mañana, durante la reunión del Comité Especial de Agricultura, la  Presidencia húngara ha incluido los cereales y las oleaginosas en el orden del día.  Esperamos que los Estados miembro aprovechen esta oportunidad para evaluar la realidad  de la situación a la que se enfrentan estos sectores estratégicos en la UE y comenzar a  actuar como se debe con vistas a desarrollar soluciones estructurales para los problemas  estructurales. 

Los agricultores europeos tienen fe en el futuro y quieren trabajar para encontrar  soluciones, pero no pueden hacerlo solos. El apoyo y el compromiso de la UE y de las  instituciones es esencial. 

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