En el valle del Omo, en el suroeste de Etiopía, hay pastores que resuelven un problema muy antiguo —vigilar el rebaño en terreno complicado— de una forma que llama la atención de cualquiera que la vea por primera vez: subidos a zancos de varios metros de altura. No es un espectáculo circense ni una rareza aislada: es una herramienta de trabajo con siglos de uso entre la tribu banna.

La región donde viven, entre los ríos Omo y Weyto y cerca del lago Turkana, se inunda con las estaciones y se cubre de hierba alta que oculta al ganado a ras de suelo. Ahí está la clave del truco: ganar altura para ganar visión. Desde lo alto de un zanco, un pastor detecta antes dónde se ha desviado un animal, dónde hay agua y, de paso, dónde acecha un depredador, algo que a pie resulta mucho más difícil en un terreno tan cerrado.
Pero reducirlo a una solución práctica se queda corto. Entre los jóvenes solteros de la comunidad, dominar el zanco —fabricado con madera local y capaz de superar los dos metros— es también un rito de paso. Se exhibe en festivales, con el cuerpo pintado de franjas blancas, y quien logra caminar con soltura sobre esos postes transmite al resto del grupo un mensaje muy concreto: ya es capaz de asumir responsabilidades de adulto.
Así que la misma imagen —un pastor suspendido sobre su rebaño— sirve a la vez para vigilar mejor a los animales y para demostrar quién está listo para cuidarlos. Dos funciones, un mismo gesto, y una solución que ningún manual de manejo ganadero occidental recogería jamás.






Bon día,
Muy buena iniciativa: ¡Etnografia pastoril foránea aplicada!