Cada vez que me cruzo con Lolo, un vecino del pueblo, me recuerda la frasecita que, al parecer, dije en la radio hace ya unos años, cuando me preguntaron sobre el tratamiento que algunas cadenas de distribución daban a determinados productos que utilizaban como anzuelo con el objetivo de atraer a nuevos clientes.

La frasecita de marras era la siguiente: «Islas de pérdidas en un mar de beneficios». Se refiere en economía y marketing a la estrategia de vender ciertos productos o servicios por debajo de su costo o sin margen de ganancia para atraer clientes y generar beneficios globales con el resto de las compras. O sea, hablando en lenguaje coloquial, es esa estrategia donde algunas cadenas de distribución se permiten pérdidas en unos pocos productos (leche, aceite, azúcar, algunos de droguería, etc.) para que, una vez que el cliente entra en el local y pasea por los tentadores pasillos, se deje lo ahorrado en esas pequeñas islas, y bastante más, en el resto de productos.
No tema. No es mi intención volver a hablar de malos y peores, sino abordar una cuestión que me quema las entrañas. Recientemente, Eurostat, Oficina de Estadística de la Unión Europea, publicaba que el precio medio en origen de la producción agrícola en el Estado español cayó un 8,7 % en comparación con el segundo trimestre de 2025; mientras, por el contrario, el precio medio (coste) de los insumos agrícolas aumentó un 4,7 % en el segundo trimestre de 2026. Saque usted mismo la conclusión de este panorama para los productores donde suben los gastos y bajan los ingresos. Blanco y en botella.
Por otra parte, el FEGA, entidad ministerial, acaba de publicar el informe sobre el perfil de perceptores de ayudas en función de la edad y del sexo. Centrándome en el factor de la edad, nos dice que los menores de 25 años son un 0,71 % en el Estado y un 1,02 % en Euskadi; los perceptores de 25 a 40 años, un 8,12 % en el Estado y un 9,47 % en Euskadi; los de 40 a 65 años, un 51,62 % en el Estado y un 54,90 % en Euskadi; y en la cúspide de la pirámide, los mayores de 65 años suponen un 39,56 % en el Estado y un 34,61 % en Euskadi. O sea, más de un tercio está en edad de jubilar. Conviene aclarar que si bien este informe se limita a analizar la realidad de los perceptores de ayudas directas de la PAC, no creo que la foto del sector en su conjunto difiera en exceso. Lamentablemente.
Soy consciente de que detrás de esas terribles cifras hay una realidad muy compleja pero, mucho me temo, que detrás de esas pobres cifras de relevo generacional (incluso elevando hasta los 40 años la consideración de joven, rondamos el 10 %) está, básicamente, la falta de rentabilidad de la actividad agraria. Sé que la rentabilidad no es la única razón de esa falta de relevo; existen otros muchos factores como el bajo prestigio social de la actividad, la dificultad de conciliar el oficio con la vida familiar y social, la falta de tierras, las fuertes inversiones necesarias para arrancar en la actividad, etc., pero considero, aunque seguramente estaré equivocado, que en el sustrato de la mayoría de los casos de falta de relevo generacional en el seno de las actuales explotaciones o de una paupérrima tasa de instalación de nuevos activos está, sí o sí, la falta de rentabilidad de la actividad primaria o una rentabilidad tan escasa como imperceptible.
Y cuando hablo de falta de rentabilidad o de una rentabilidad para la mera supervivencia, no estoy hablando de una actividad cuya viabilidad se fundamente en las ayudas directas para sujetar el andamio (acuérdese de la falta de prestigio social que proyecta la imagen de pedigüeños que tienen los productores), ni de una actividad que tenga que suplicar a las administraciones que los que compran la producción, sea industria, cooperativa, comercio o distribución, les paguen un precio que, en el mejor de los casos, cubra los costes de producción. Es decir, que al parecer, los agricultores deben conformarse con cubrir costes de producción y abstenerse de aspirar a un cierto beneficio por su trabajo con el que, además de cubrir los costes de producción, hacer frente a los gastos ordinarios de casa, dar a sus hijos e hijas unas mejores condiciones educativas, vivienda, etc., o seguir invirtiendo en modernizar su propia explotación para no quedarse atrás y para reducir la carga de trabajo.
Resignándonos a unos precios por debajo de costes, vayan contando las explotaciones que cierran. Limitándonos a cubrir costes tendremos activos supervivientes cada vez más ancianos y unas instalaciones productivas cada vez más obsoletas. Sin beneficios para hacer frente a esos lujos antes mencionados, permítame la ironía, no hay futuro.
Más aún, cuando algunos, con total desfachatez y sintiéndose amparados por el silencio de otros, están condenando al sector productor a vivir en «islotes de beneficios en un mar de pérdidas».





Deja un comentario