Santi viene de Álava, de la Llanada, esa zona de pueblos que hace años eran referentes de agricultores y ganaderos. Hoy muchos de ellos no tienen ninguno. Cuando la acampada de APAG Extremadura Asaja arrancaba la semana pasada frente al Ministerio de Agricultura en Madrid, Santi ya estaba allí, y lo que cuenta comienza con una verdad incómoda: casi se arrepiente de haber animado a sus dos hijos a seguir en el campo.

«Cada vez hay menos gente. Ya ves que en las manifestaciones hay gente mayor, a las nuevas generaciones se les está poniendo difícil, difícil, difícil», dice. «En su día les animé. Claro que sí. Pero hoy no estoy tan convencido. Porque esto se está poniendo muy feo.»
Lo que cuesta producir
Los números que maneja Santi son concretos. El abono que antes costaba 250 € la tonelada hoy está a 600 €. El gasóleo ha pasado de 50-60 céntimos a 1,10-1,20 € el litro. «Se traduce en dinero, y el dinero hay que pagarlo a final de mes», dice. «El trigo está a 200 euros cuando su valor real tendría que ser 300 y pico. Hay rentabilidad cero. Los costes han subido una barbaridad y el precio del producto no acompaña».
Luego está lo del ganado. «La carne ahora está viviendo una burbuja bastante aceptable, pero ya empieza a bajar», dice. El equino lo pone como ejemplo de hasta dónde puede llegar el desajuste. «Los cebaderos están llenos y no hay manera de vender un potro». Para Santi, esa tijera entre lo que cobra el agricultor y lo que paga el consumidor es la prueba de que algo no funciona en la cadena, y de que quien pierde siempre es el que produce.
La tortilla que supieron reconocer
Pero el momento que mejor resume lo que Santi quiere explicar no tiene nada que ver con cifras. Un día, en la cooperativa, vio unas patatas israelíes que tenían una pinta perfecta. Se llevó una a casa. «La mujer peló la patata, hicimos una tortilla, y cuando la probó el chaval dijo: mamá, esta tortilla te ha salido mal», cuenta. «Ella la probó y dijo: a tirarla. La probé yo y dije: ya sé a qué sabe. Sabía a lindano».
El lindano es un insecticida prohibido en Europa desde hace décadas, pero que según denuncia Santi sigue usándose en los países de los que llegan esas importaciones. «Nosotros conocemos ese sabor porque hemos convivido con el lindano hace treinta, cuarenta años. Lo conocemos». La anécdota ilustra la queja de fondo: Europa prohíbe lo que luego permite que entre por la puerta de atrás.
Lo que le diría al ministro
Si tuviera al ministro delante, Santi sería directo. «Lo primero le diría: no sé para qué está ahí, porque en realidad no vemos lo que hace», dice. «Y si no, que tome conciencia y que trabaje por el campo, que es el ministro de Agricultura. Trabajar por la agricultura no es potenciar el Mercosur, que es lo que nos va a hundir. Lo que tiene que hacer es darnos valor». Y remata con una pregunta que lanza al aire: «Un país sin agricultura es un país pobre. El día de mañana, cuando desaparezca, ¿de dónde van a traer los productos? ¿De Marruecos? ¿De Brasil?».




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