Atención, pregunta. ¿Por qué sería necesario legislar para limitar el tamaño de las granjas ganaderas?… Ya sé que, tal y como están las cosas, empezar así puede sonar escandaloso, me explicaré.
Tenemos movilizados a los colectivos más ambiental y nutricionalmente sensibles, a nuestro Gobierno central y a los autonómicos y hasta a los chefs de más relumbre, empeñados en separar a la ganadería buena, de la ganadería mala. Eso en el mejor de los casos, porque los más fundamentalistas simplemente no distinguen: toda la ganadería es mala y punto. No entran a reconocer ni su papel en el suministro de la demanda alimentaria (que de aquí a 20 años no sé cuál será, pero hoy es el que es), ni los avances y mejoras que, en interés público, los ganaderos hemos incorporado a la gestión de nuestras explotaciones.
Incluso sin llegar a tales extremos, el axioma -supuestamente tan evidente que ni es necesario demostrarlo- es que, frente a una ganadería extensiva, adornada de todas las virtudes, casi bucólica, se contrapone una ganadería intensiva perversa y cruel, cuyo máximo exponente serían las “macrogranjas”.
El discurso, falaz, no es nuevo. Desde el llamado “chequeo médico de la PAC” de 2008, las autoridades han defendido vigorosamente –en teoría para responder a una pujante demanda social- los inestimables valores de la extensificación productiva en el sector agrario, frente a la intensificación. No se habla de extensificación en el sector industrial o turístico o energético… solo en el agrario, pero dejémoslo estar.
Lo importante (lo bonito, lo que vende) es la SOSTENIBILIDAD y a ella se llega siendo más extensivos. Para favorecer este camino se han desacoplado las ayudas de la producción vinculándolas a una condicionalidad ética cada vez más exigente; cada vez es mayor la ligazón entre estas ayudas y la adopción en las explotaciones de prácticas en favor del medio ambiente, la biodiversidad y la lucha contra el cambio climático y las medidas agroambientales son ya protagonistas (y lo serán aún más) en ambos pilares de la PAC. Todo eso, además de prohibir determinadas sustancias de efector hormonal para el caso de nuestras ganaderías o las más recientes propuestas de reducción del uso de antibióticos o de la prohibición de jaulas.
Y ahora, vuelvo a mi pregunta inicial. Si la sociedad apetece tanto de las producciones de esta manera guapa de hacer agricultura y ganadería… y si los poderes públicos tienen tanto empeño y dedican tanto esfuerzo financiero y normativo a responder fielmente a esa apetencia… ¿Por qué sería necesario legislar para limitar el tamaño de las granjas? En buena lógica, a las explotaciones ganaderas extensivas les debería estar yendo mucho mejor. Las “macrogranjas”, con unos consumidores y unas autoridades que supuestamente les dan la espalda, serían un mal negocio y sobraría cualquier regulación específica para evitar su proliferación.
Pues no. No es así. Los ganaderos profesionales, tanto en extensivo, como en intensivo, que son el exponente claro de la dificultosísima apuesta por combinar los sobrecostes de la sostenibilidad, con la competitividad de sus producciones, están en la calle manifestándose y clamando por sobrevivir. Mientras, sigue habiendo quien está dispuesto a meter inversiones multimillonarias para hacer plantas ganaderas que se vean desde el espacio.
Parece que donde todo debía haber salido bien, algo falla. Quizás sea porque en las encuestas todos marcamos la casilla que nos parece más verde (al fin y al cabo, no cuesta dinero), pero a la hora de escoger en el súper acabamos pillando el 3×2. O porque los políticos que dicen hacer política eco-friendly y nos han clavado el Pacto Verde Europeo son los mismos que dejan al sector primario a los pies de los caballos en las cuestiones comerciales y no encuentran la fórmula para exigir reciprocidad a los países terceros que son nuestros competidores directos (fuera, pero también aquí dentro). O simplemente porque, como el slogan que se hizo popular en la campaña de Clinton contra Bush… “es la economía, estúpido”.
En todo caso, alejándonos de todo el lamentable uso político que se ha hecho del debate en estas últimas semanas y para que quede claro antes de seguir adelante: a Unión de Uniones tampoco nos gustan las macrogranjas. Pero no confundamos ese modelo productivo (llamémoslo industrial, si queremos, incluso asumiendo ese matiz peyorativo que no se aplica a otros sectores económicos…), que seguramente tiene externalidades negativas que superen quizás a los potenciales beneficios; con explotaciones ganaderas sin base territorial de tipo intensivo que, desde el punto de vista de emisiones son mucho más eficientes que las del resto del mundo y que, en muchos casos, cierran el ciclo productivo de las explotaciones extensivas dándoles continuidad. Son cosas totalmente distintas.
En nuestra organización, apostamos por una ganadería profesional, ya sea de tipo extensivo como intensivo, trufada con todos los valores añadidos: ambientales; de generación de empleo de calidad (para el propio ganadero también, dicho sea de paso); de seguridad alimentaria y de bienestar y sanidad animal. Nos parece una alternativa infinitamente mejor que las macrogranjas y, por cierto, también que las megafábricas de carne artificial, que nos quieren vender ahora (a saber qué accionistas están detrás) como la solución del futuro del mundo.
Así que, antes de ponernos estupendos de más, de seguir queriendo acicalar nuestra ganadería hasta su total ruina, pongámonos de acuerdo en al menos en un par de cosas elementales. Primero, que los filetes y los yogures tienen que llegar a las estanterías a un precio razonable… Segundo, que ello debe hacerse sin que implique negarles a los ganaderos la dignidad de poder sacar adelante a sus familias, ni tampoco dejar nuestro consumo en manos de terceros países con una ganadería, a lo mejor mucho menos seductora que la nuestra, pero más accesible.
Un delicadísimo equilibrio que debería hacer que algunos salgan de la zona de confort de su propio relato… o vamos a seguir dándole a las macrogranjas el escenario que mejor les viene para implantar su modelo.







Quizás porque en la información y el etiquetado nos ocultan el origen y sistema de producción de los alimentos que nos venden.
Ya me gustaría saber qué empresa láctea y con qué marca se comercializa la leche producida en la Macrogranja de Caparroso (que es la misma empresa que quiere instalar una macro-macrogranja en Noviercas).
También me gustaría saber en qué granjas (y con qué ganaderos) se adquiere la leche de las diferentes marcas del lineal.
Así podría ejercer mi derecho a elección y podría pagar más por una leche producida con un determinado sistema y por un ganadero familiar.
Pero nos lo ocultan ¿por qué?
Y lo dicho para la leche, vale para el resto de productos agrícola-ganaderos
Esperando que las Organizaciones Profesionales Agrarias (que no sindicatos) que tanto dicen defender la «agricultura familiar» exijan que estos datos e información se pongan en el etiquetado …
En la actualidad, si bien la información sobre el origen de la leche y de la carne solo hace referencia al lugar físico, no al modelo productivo, dispones de infinidad de certificados privados que te permiten elegir la mejor opción de compra desde el punto de vista medioambiental y de bienestar animal.
Te pongo varios ejemplos: Gallega 100%, Leche de pastoreo, Ternera gallega suprema, etc, etc.
Todos estos certificados garantizan origen local, ausencia de macrogranjas (en Galicia no las hay) y extensividad productiva o cuando menos base territorial asociada a la granja.
Después, si quieres ir más lejos, puedes irte a leches premium o a carnes con certificados ecológicos.
Hoy en día tal vez no puedes saber qué leche o qué carne es de una macrogranja, pero sí puedes saber cual no lo es.
Las diferencias deben resaltarse siempre en positivo, nunca en negativo, ya que ninguna actividad debe ser demonizada si cumple con la legislación en vigor.