Cuando la movilización convocada por APAG Extremadura Asaja arrancó ante la sede ministerial —protesta recientemente interrumpida por la organización tras las restricciones de ubicación impuestas por la Delegación del Gobierno—, la Asociación Treviño y Álava por el Campo acudió a Madrid para respaldar unas reivindicaciones que, insisten desde la entidad, trascienden al sector primario.

«Todo esto que estamos reivindicando desde el campo no solo nos afecta a nosotros, al sector primario. Nos afecta al comer, al futuro de la comida de toda la ciudadanía en general, porque están aprobando acuerdos de libre comercio con Mercosur, con India, con Australia, y no estamos en contra de esos acuerdos», subrayó Raúl Beitia Gil, presidente del colectivo alavés. «De lo que estamos en contra es que aquí nos exigen producir de una manera, por esa calidad y esa seguridad alimentaria, y todo lo que entra de fuera está tratado con pesticidas, con insecticidas, la carne hormonada, con productos que aquí están prohibidos desde hace décadas».
Lo que entra por la frontera
La queja central de Beitia no es el libre comercio en sí sino la asimetría que genera. Al agricultor español se le encarece producir para cumplir con unas normas que el producto importado no tiene que respetar. Materias activas retiradas del mercado europeo por razones sanitarias siguen aplicándose en los campos de origen de esas importaciones. «A nosotros nos encarece el producir y así lo entendemos, así lo hacemos, así producimos», dice. «Pero es por esa seguridad alimentaria. Y eso hay que hacérselo llegar a la ciudadanía, para que apoye al sector primario, porque somos la despensa y somos los que realmente producimos como nos demanda Europa, no lo que quieren traer de fuera, que no cumple para nada esa seguridad y esa garantía alimentaria».
La sociedad debería estar aquí
Para Beitia, la desconexión entre el consumidor y el origen de lo que come es uno de los problemas de fondo. «La sociedad va al supermercado y compra lo más barato, sin fijarse si es de Marruecos, si es de Israel», señala. «Pero nuestras reivindicaciones, si las conseguimos, van a ir a favor de ellos. Tenemos que ir de la mano». La ciudadanía, concluye, debería ser la primera en estar en la acampada, no por solidaridad con el campo sino por interés propio: cuando desaparezca la producción local, la pregunta de dónde viene lo que se come tendrá una respuesta que a nadie le va a gustar.







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